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martes, 20 de marzo de 2012

El Vídeo-Resumen de nuestra exploración por la isla de Phu Quoc.

Antes de proseguir con la narración de nuestro viaje hacia el siguiente punto que visitamos en Vietnam, como viene siendo habitual en este blog, os dejamos un vídeo-resumen con algunos de los sitios por donde pasamos en la isla de Phu Quoc.
Hay que hacer mención a que faltan algunos lugares, pero eso es debido a que en las zonas donde nos llovió, no pudimos filmar nada. Aún así, casi todas las zonas principales a visitar en la isla, más o menos quedaron reflejadas.
Esperamos que os guste.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Cae la noche en Long Beach. (9ª parte)


Con la última luz diurna llegamos a Duong Dong, y solo hicimos una única parada más, en la tiendita de una señora para comprar agua y chucherías varias para el desayuno del día siguiente, antes de irnos al aeropuerto.


Después de todo, a pesar de la lluvia matutina y del barro de las carreteras, el día había salido perfecto y ya dudábamos su habríamos hecho bien en comprar el billete para irnos. Solo unas horas más en la isla, nos darían la razón de nuestros actos.


Mari me pidió que acelerase el ritmo y que intentase llegar a nuestro resort lo antes posible - Acabo de fijarme en el sol, y seguro que desde la playa del Moon, tiene que verse una puesta de sol increíble... - me dijo, mientras hacía caso a su deseo ( órdenes para mí ).

Llegar, soltar la moto, pagar lo que debíamos a nuestro recepcionista-hippie (¡que ni se acordaba que le debíamos aún el taxi! menos mal para él que somos gente honrada) y tirarnos a la playa fue todo uno.


Efectivamente, Mari tenía ( una vez más ) la razón, la puesta de sol, fue uno de los "momentazos" que con más cariño recordaremos siempre de éste viaje.

La solitaria playa en penumbras, con la idílica imagen de dos niñas jugeteando en la orilla, bajo un cielo rojo-naranja intensísimo, rasgado por completo por de las nubes, que a medida que descendía el sol a toda velocidad, lo teñía todo poco a poco de color azul, pasando por todos los tonos, desde el claro hasta el oscuro...


fue una autentica pasada y un privilegio haber estado allí para contemplarlo, y aprovecharlo para darnos un baño de despedida en aquel mar virginal de temperatura calidísima, casi a oscuras, para darle la guinda final a nuestra estancia en las antípodas de nuestro mundo, en esta isla, totalmente diferente a las nuestras, en un lugar recóndito del planeta, en la isla de Phu Quoc.




martes, 13 de marzo de 2012

El pueblo costero de Ham Ninh. (8ª parte)


Al tomar el desvío hacia la costa contraria a Duong Dong, nos encontramos con una carretera que alguna vez estubo asfatada para los dos sentidos, pero que en la actualidad, de ese asfalto solo queda la parte central de la misma y bastante estropeado, por la que acumulaba una infinidad de motocicletas que se movían como buenamente podían, y algún que otro camioncito o furgoneta, que corren a toda velocidad, sin tener en cuenta la peligrosidad de ir a semejantes velocidades entre la multitud de motoristas.
Es bastante peligroso, pues cuando te "embisten" así, la única solución, es salirse de la parte asfaltada, donde una infinidad de trampas en forma de baches, charcos y piedras sueltas, te esperan para desafiar tu destreza con la moto.
Aproximadamente a unos 10 kilómetros de Doung Dong, se haya el pequeño pueblo de Ham Ninh, que te recibe con una serie de curiosos restaurantes, en los que colocan a plena calle, una multitud de acuarios repletos de caballitos de mar, supuestamente para comerlos, como hacemos aquí con las langostas, por dar un ejemplo.

Vista panorámica a la izquierda, desde el puente - muelle.

La otra peculiaridad del pueblo, es el larguísimo y estrecho muelle, puede que de varios cientos de metros, que se adentra en la playa, por el que solo cabe un coche o moto con carro por vez, que se usa para trasladar las capturas de las barcazas de pesca, hasta los restaurantes de la orilla.

Vista panorámica a la derecha, desde el puente - muelle.

Curioso es también, ver que las gentes se adentraban en el mar, varios centenares de metros, con el agua llegándoles solamente a las rodillas, dedicándose a atender sus embarcaciones, o a mariscar pequeños moluscos.



Mención especial aquí para una señora, que después de haberla fotografiado en plena mariscada, a la hora de elaborar éste blog, la hemos podido contemplar también inmortalizada en álbunes de fotos de otros viajeros.


Este pueblo emanaba pura paz y tranquilidad, y después de un largo rato de absoluta contemplación y disfrute desde el estrecho muelle, el estómago nos recordó que no le habíamos echado nada en todo el día, así que nos metimos en el primer restaurante que encontramos justo a la entrada del mismo.

Merendamos una enorme bandeja de Seafood con noodles.
Para que se entienda, el seafood, son como unos calamarcillos de tamaño medio, entre chopitos y chipirones, y por supuesto, los noodles típicos que nunca fallan en toda Asia como acompañamiento a cualquier comida, fideos de arroz al estilo espaguettis.
De la comida, sobre todo podemos decir que era fresca, y que la devoramos por el hambre que traíamos, pero el punto de cocina vietnamita, por lo menos en cuanto a productos del mar, es algo crudo para nuestro paladar. A pesar de ello, estaba buena. 

Ya saciada nuestra hambre, empezando a caer el sol ya, retomamos el camino de vuelta directamente a Long Beach, pues la idea original de acercarnos hasta el muelle de Bai Bong, quedó descartada al ver el estado fangoso de la carretera.

En un momento nos encontramos nuevamente en el caos de carretera, rodeados por doquier de jóvenes motoristas que regresaban también a Duong Dong, por lo que dedujimos que ese pueblo es un sitio de reunión para la juventud local.


Entonces ocurrió la anécdota del episodio.
Muchos de estos chicos, por la novedad de nuestra presencia, nos gastaban bromas desde sus motos, o nos tomaban fotografías con sus móviles, y alguno, hasta se atrevía a intentar entablar conversación con nosotros desde su moto.
Un joven con bigote y perilla, llevaba de "paquete" a un delgado señor occidental, rubio y con pinta de hippie entrado en años y con aspecto de estar asentado en el lugar, se colocó a nuestro lado y comenzamos una conversación boba mientras conducíamos bajo la atenta mirada de otros muchos motoristas, hasta que de repente oímos derrapes delante de nosotros y todos tuvimos que hacer una frenada de emergencia.

Un pequeño camión, se encontraba detenido en medio de la carretera,  y casi chocamos como unas veinte motos contra su parte trasera.
Los motoristas comenzamos pues, a adelantar el inmóvil obstáculo por los laterales del camino, hasta que al terminar con la maniobra vimos y comprendimos lo que había pasado.

Dos motoristas se habían tocado, perdiendo el equilibrio y accidentándose. Un joven se encontraba en el suelo retorciéndose de dolor, ensangrentado y con bastante mal aspecto.
Algunos seguían de largo como si tal cosa y otros se paraban a intentar ayudarlo, pero lo que más nos chocó, fue la actitud del conductor del camión tocando el claxon insistentemente haciendo indicaciones de que retirasen al chico para un lado para él poder proseguir su camino...¡hay de todo en todos los lados!

Éste incidente nos subió la guardia, ya que estábamos demasiado confiados conduciendo la moto, como dos vietnamitas más. Pero hasta ellos, que han nacido con una moto en la mano y entre millones de ellas, también se caen.


lunes, 12 de marzo de 2012

Gan Dao y la Carretera Nueva. (7ª parte)


Desde la playa de Bai Dai, siguiendo en dirección al norte, en un ratito más de moto, poco, de una media hora o así, y llegamos a la punta noroeste de la isla, donde hay un asentamiento poblacional llamado Gan Dao.

Antes, la anécdota de este episodio, fue el lugar donde repostamos.
No fue en una gasolinera, sino en una tienda de las de todo un poco, situada a unos cientos de metros antes del núcleo poblacional. Un puestito local, donde sus habitantes, sin camisa y en pantalones cortos, tenian unas garrafas plásticas, colocadas a pleno sol, llenas de gasolina para su venta. Al pedirles que me pusiesen dos litros, uno de los chicos, llenó dos botellines plásticos de a litro cada uno, y con ayuda de un colador, los vaciaron en el tanque de la moto directamente. Curioso, pero simple.


Es un lugar realmente curioso, donde la gente vive como anclada en el pasado.
Es un poblado muy pequeño, sin nada digno de mención, un pequeño colegio, una mezquita y unas cuantas casas de diversos materiales es todo lo que hay.

Seguimos de largo sin hacer paradas, pues la gente se mostraba más bien tímida y poco amistosa, y tomamos rumbo hacia la otra punta norte de la isla.



La carretera, por momentos se puso más bonita. La vegetación del camino, se tornó más espesa y verde, a medida que abandonamos la costa para adentrarnos en la montaña.
A la par, el tiempo, cada vez se hizo más fresco.
En algunos momentos, espesas rachas de bruma nos dificultaban aún más si cabe, la conducción entre el embarrado terreno del camino.


Después de una larga pelea con la carretera, llegamos a un cruce, en el que tuvimos de decidirnos por comenzar a bajar hacia la zona central de la isla, pues en ese lugar, el tiempo estaba cada vez más fresco y húmedo, y comenzaba a amenazarnos con llover. Además, teníamos ya la espalda destrozada por el tamaño insuficiente de la moto, y por supuesto, por el mal estado de la carretera.
Esta parte del camino, se anunciaba como parque nacional, lugar donde habitan animales exóticos como monos, serpientes, etc, pero nosotros no vimos ni uno.

En algún punto medio entre el cruce anterior y Khu Tuong (justo antes del aeropuerto), nos tropezamos de lleno con una enorme carretera en construcción.
A parte de Duong Dong, era la primera vez que vimos asfalto en la isla y nos sorprendió mucho, a pesar de que en la mañana, antes de salir del hotel, el "recepcionista-hippie" nos la había nombrado refiriéndose a ella como la carretera nueva.


Circulamos unos cuantos kilómetros, sobre el asfalto de esa especie de autopista en construcción, pero de una manera muy curiosa, ya que casi no habia trafico, salvo alguna moto que de cuando en cuando nos cruzábamos, y muchos tramos estaban cortados por las obras, aunque daba la impresión de estar más abandonados que de obras, como si en algún momento hubiesen decidido no continuarla, por lo que no había normas de circulación, cada uno iba por donde podia o más bien, por donde le daba la gana.

Al llegar al cruce para seguir hacia Duong Dong, a pesar de que nos caía la tarde, decidimos sobre la marcha irnos hacia el otro lado de la isla, para ver otro pueblo pesquero que localizamos en el mapa y allí buscar algo de comer, pues con la paliza de hoy, empezábamos a sentirnos famélicos.


domingo, 11 de marzo de 2012

La playa de Bai Dai (6ª parte)

Entretenidos con el paisaje y con la carretera, que más de un susto nos dio con sus trampas de barro, nos dimos cuenta de que habíamos alcanzado la otra playa mejor valorada de la isla, Bai Dai.

Panorámica de Bai Dai, con islotes y Camboya en el horizonte.

Como buenos isleños, nos dimos cuenta enseguida, por imagen y semejanza a nuestras costas, que la diferencia principal con la playa de Bai Sao, es que mientras en aquella el mar esta protegido por la propia isla, lo que hace que el agua este quieta como un espejo, esta otra playa, situada en la costa expuesta al mar del golfo de Tailandia, hace que tenga aguas mucho más revueltas y sea también más ventosa que la anterior.
Aún así, el paisaje que posee, con la costa camboyana de fondo es idílico.


La playa, tiene un chiringuito, y algunos detalles por los que se deduce que es frecuentada por turistas, pero no en el momento en el que nosotros estuvimos allí.
La tuvimos entera para nosotros dos solos.


Bueno, para nosotros y para el señor que se ve que es el dueño del chiringuito playero, que a falta de visitantes, se dedicaba a hacer montoncitos con la basura que llegaba del mar. Por lo menos, se entretenía en mantenerla limpia y recogida.


Continuamos nuestra ruta hacia el norte.

jueves, 8 de marzo de 2012

Exploración al norte de Phu Quoc. (5ª parte)

Desde las cinco de la mañana o así, nos despertó el sonido de una gran tormenta tropical.
La lluvia arreciaba con virulencia, por lo que apagamos el despertador, que lo teníamos programado para temprano, y nos acurrucamos a dormir con un poco de desánimo, pues como siguiese lloviendo así, se nos iba a arruinar el día.
No solo no paró, sino que la tormenta se endureció aún más. La verdad, es que daba un poco de "canguelo" asomarse a la ventana, y ver, aún en penumbras, como el viento y la lluvia, zanrandeaban a las palmeras.

Se hizo de día, y la cosa seguía igual. Sobre las 10 de la mañana, nos pusimos los chubasqueros y salimos a recepción para decirle a nuestro peculiar "amigo" que no usaríamos la moto, pero éste muy sonriente, nos decía, que no pasaba nada, que en un par de horas, desaparecería la lluvia.

Nos pusimos a "checkear" la previsión del tiempo desde el ordenador de la recepción, y realmente nos asustamos de lo que se anunciaba. Un fuerte ciclón, situado sobre las Filipinas, del que habíamos estado huyendo, sin saberlo desde Bangkok, se desplazaba hacia nuestra zona, por lo que decidimos sobre la marcha buscar billetes de avión para salir de allí desde mañana mismo.

Decidimos pues, allí mismo, cuál sería nuestro próximo destino en Vietnam, la zona centro.


Sobre las 11 de la mañana, el "recepcionista-hippie", nos convenció para que saliésemos.
Nos dijo que aunque lloviera, no pasaba nada, era normal, que ya veríamos como la lluvia desaparecería como ayer, y en un acto de cabezonería por nuestra parte, decidimos hacerle caso y salir a mojarnos un rato.
Maldiciendo a Zéus, por habernos hecho perder la mañana, tomamos la moto, y salimos a la carretera, en dirección, esta vez al norte.

Una vez más, la sensación de formar parte de una película en la que no éramos protagonistas nos invadió.
A la gente, realmente le daba igual que lloviese o que el camino estuviese enfangado. Seguían conduciendo y circulando en moto o en bicicleta, sobre los charcos, como si con ellos no fuese la cosa. Si acaso, con los pantalones remangados para no ensuciarlos, pero vamos, que lo tomaban como una cosa de lo más normal.


Mientras buscábamos la carretera que tendríamos que tomar, la gente nos miraba con cara de asombro, como preguntándose de dónde habrían salido estos dos guiris locos, y los niños, nos saludaban a voz en grito: - ¡HALLOOO! -.
Cada vez que parábamos en algún cruce, siempre alguien se acercaba a curiosearnos, con intención de ayudarnos, aunque más que entendernos, lo que hacíamos era bromear con ellos un ratito y reírnos de muy buen rollo con ellos.
Por fin, tomamos el camino correcto.
En esa aburrida y solitaria carretera, dejó de llover, pero el camino estaba en tan mal estado por el barro, que estuvimos a punto de caernos más de una vez.
Llegamos a un cruce y no sabíamos para que lado tomar. Un buen rato estuvimos escudriñando el mapa y no conseguíamos ponernos de acuerdo hacia donde dirigirnos.
De la nada, apareció un señor conduciendo su moto. Cargada en la baca trasera de la misma, una botella de oxígeno, acetileno o similar, enorme, de como dos metros de largo, colocada lateralmente, de tal manera, que se ocupaba todo el ancho de la carretera.
Mari saltó de la moto y se fue a por él, lo paró y comenzó a preguntarle por la dirección a tomar. Él, con cara de susto al principio, nos indicó por donde seguir.


Le hicimos caso, y llegamos a una carretera paralela a la costa, con numerosos puentes de hierro por el camino. De repente, la anécdota del día:

Dos niños, de unos 12 años, uniformados de colegio y con mochilas en la espalda, nos hacen señales para que les parásemos. Les pregunto si quieren que los llevemos o qué. Ellos se hablan entre ellos, y se ponen a curiosear nuestras cosas. Señalan nuestras mochilas, me cogen de la mano, miran mi reloj...
Mari, de inmediato cae, se pone en guardia, y me recuerda lo que nuestro amigo "recepcionista-hippie" nos había advertido, que tuviésemos cuidado con nuestras cosas si decidíamos tomar algún baño en la playa, pues eran muy frecuentes los robos a turistas por parte de algunos malandrines.
Yo casi me desternillo de la risa. Si esos dos nos iban a atracar, ¡lo llevaban claro!
Eran de chiste, cada uno mediría un metro veinte de estatura y pesarían unos 40 kilos.
Me bajé de la moto, y tomé al que parecía tener la voz cantante del brazo, el otro instintivamente, se alejó unos metros poniendo carita de asustado y le decía cosas a su amigo con claro tono de preocupación: - ¿Qué necesitas? - Le pregunté con una sonrisa en la boca - ¿Nada? Pues entonces, nos vamos, adiós - y allí los dejamos, mientras nos miraban con cara de estupefactos, aunque realmente nunca supimos si sus intenciones eran realmente malas, pero tampoco les dimos más opción, por si acaso.


 Salió el sol, y la carretera comenzó a mejorar. No había casi ni un alma por el camino, o sea que parábamos a nuestro antojo, cada vez que nos tropezábamos con algo que se saliese del bonito aunque monótono paisaje, como algún resort escondido en alguna cala de arena, o algún rincón desde el que se pudiera divisar alguno de los numerosos islotes que acompañan en esa parte de la costa a la isla de Phu Quoc, con la silueta al fondo del país vecino de Camboya...
Fue en ese mismo momento, cuando empezamos a disfrutar de la paz y de la tranquilidad, de cada sonido de los pájaros, del color verde de la vegetación en contraste con el rojo del suelo...de un lugar en el mundo, casi intacto para descubrir.

lunes, 5 de marzo de 2012

La playa de Bai Sao. (4ª parte)

Retomamos la carretera, en dirección ya a Duong Dong, pero esta vez, tomamos la carretera central de la isla, no por la que habíamos venido, que baja bordeando las playas.
Sabíamos que en determinado punto, tendríamos que encontrar un cruce a la derecha, que conduciría a la playa más famosa de la isla, la playa de Bai Sao, situada en la costa contraria a la de Long Beach.

Panorámica de Bai Sao.

 Después de un buen rato, saltando entre los baches de la carretera de roja tierra y esquivando los charcos y trampas de barro, empezábamos a sospechar que ya nos habríamos pasado el cruce para la playa.

De repente, apareció ante nosotros un pequeño puente de cemento, donde numerosas personas se agrupaban con sus motos, y se sentaban en sus orillas unos, y otros intentaban pescar con diminutas cañas en el riachuelo que cruzaba por debajo de él.

Nos percatamos de que antes y después del puente, habían algunas chocitas de maderas, y unas cuantas tienditas, por lo que deducimos que se trataba de algún pequeño poblado.
Detuvimos la moto en medio del puente, y al primero que nos miraba con cara de curiosidad le preguntamos con el mapa en la mano, por el desvío para la playa.


Efectivamente, nos habíamos pasado el cruce, por lo que por un momento dudamos si dejarla de largo y no verla, o volver sobre nuestros pasos.
El muchacho nos dio a entender que el cruce no estaba muy lejos, así que decidimos dar media vuelta e ir en su búsqueda, cosa que tuvimos que hacer rápidamente, casi sin despedirnos del joven, porque apareció un camioneta que no cabía por el puente, por culpa de nuestra moto mal aparcada.

Después de unos diez minutos descendiendo nuevamente la carretera, localizamos el cruce para bajar a la playa. Era normal que nos lo hubiésemos pasado, pues en esa zona, el camino se había convertido en un cenagal por la fuerte lluvia de esa tarde, y además, el pequeño cartelito de madera que indicaba que era el cruce hacia Bai Sao, se había descolgado y se camuflaba entre los arbustos.

Volvimos a dudar, pues a pesar de que ya no llovía y el calor asfixiaba nuevamente, el barro por ese camino, lo ocupaba todo. Al ver llegar por esa "carretera", a una joven con una moto, con los pantalones remangados y los pies llenos de barro, que nos dedicó una sonrisa, le preguntamos: - Bai Sao? - Ella movió la cabeza afirmativamente sonriendo, así que nos dijimos ¡Qué demonios! y tomamos el desvío.

Nada más entrar, lo empezamos a pasar fatal con el barro. Estuvimos a punto de caernos muchas veces. El camino iba descendiendo, y no podíamos tocar los frenos, porque cada vez que lo hacíamos derrapábamos y las ruedas se enterraban en el fango. En una curva, la moto perdió tracción en la rueda delantera, así que toqué el freno trasero, y la moto empezó a deslizarse lateralmente sin control. Por un momento nos vimos en el suelo enfangados hasta las orejas, pero con mucha suerte, pudimos dirigir el rumbo de la moto, hasta un lateral del camino con menos fango, pudiendo enfocarla nuevamente a la carretera...¡Buff...escapamos!

Una media hora agotadora, llena de tensión y esfuerzo para no caernos y por fin, llegamos hasta un restaurante, que da entrada a la playa de Bai Sao


La playa, es simplemente espectacular. Tiene un cierto toque exótico, como las playas del Caribe que pudimos ver hace unos años en México, pero por supuesto no tan turisteadas.
Aunque hay que dejar claro, que eso de que es una playa virgen, es simplemente un mito.
A pesar de que estuvimos prácticamente solos en la arena de la playa, era seguro que solamente fuese debido a por la hora a la que habíamos llegado, y hasta ayudaba seguramente a que fuese porque estábamos entre semana, ya que pudimos constatar que habían muchísimos barcos de turistas fondeados por toda la pequeña bahía.


Nos relajamos un rato, paseando la playa, bromeando con los pies sumergidos en el agua, que daba la sensación de estar tan caliente como el aire, y cuando empezó a descender el sol, Mari me devolvió a la realidad. O nos íbamos ya, o con el barro y la oscuridad, no conseguiríamos llegar hasta Long Beach.


 
Sin muchas ganas, por un lado por la paz que respiramos en ese entorno y por otro, porque sabíamos la paliza de carreteras de barro que nos aguardaba, retornamos al lugar donde habíamos dejado la moto aparcada, y cuando la vimos, llena de fango hasta el manillar, fuimos conscientes de la suerte que habíamos tenido de no haber "besado el suelo" en todo el día.

Subir la pequeña moto con dos "bichos pesados" como nosotros encima, fue menos difícil que bajarla, pero fue exactamente igual de cansino.

Cuando llegamos al cruce con la carretera "principal" ya se estaba poniendo el sol, por lo que decidimos sobre la marcha, no volver por un camino desconocido, bajaríamos hasta casi An Thòi, y en el cruce tomaríamos la carretera por donde habíamos llegado, que por lo menos ya la conocíamos y no parecía haber tanto barro, por lo menos cuando nos llovió en ella, pues parecía dragar mejor el agua por el tipo de tierra.

Nos nos equivocamos, el palizón de moto, esquivando el laberinto de baches y charcos, lo sentimos. A mitad de camino, se nos hizo de noche, y la cosa fue peor. Cuando llegamos a Long Beach, estábamos muertos, pero más hambrientos que lo primero, o sea que decidimos continuar un poco más ya que aquí la carretera ya esta asfaltada, hasta Duong Dong, y buscar un restaurante donde cenar.


Después de unas cuantas vueltas por las calles de Duong Dong, preguntamos a unas mujeres por el centro de la ciudad y por algún restaurante. Ellas nos explicaron que había que cruzar un puente de madera sobre el muelle para llegar al mercado central, y que cruzando entre él, llegaríamos al muelle, donde habían restaurantes.

Cruzar ese puente, fue de lo más simpático, pues a simple vista es un puente para personas, pero todo el mundo los cruza en moto así que no fuimos menos. Pero lo más curioso, es que el otro extremo da a un batiburrillo de puestos y tiendas, que se pasa por un callejón muy estrecho, entre personas a pie, o cargadas arrastrando mercancías, motos...un jaleo, hasta que por fin, llegas a un paseo con un muelle, con algunos restaurantes locales un poco más sofisticados de lo normal aquí.


Nosotros paramos en el primero que vimos y fue un acierto.
El restaurante, se llamaba MOC, y cenamos unos platos típicos, de productos del mar.

 ¡Hay que ver lo que arregla una buena cena!

Con el ánimo mejor, volvimos sobre nuestros pasos en busca de nuestro resort Moon, parando en unas cuantas tiendas para regatear con las señoras por unas chucherías, aguas y galletas, y cuando llegamos, encontramos a nuestro recepcionista, que nos llamaba a gritos para preguntarnos cómo habíamos pasado el día, reclinado en un bar, tomando unas cervezas con unos amigos suyos. No puso objeción alguna en cuanto le comentamos que queríamos la moto para mañana también,
- OK! All that you want! -



 

sábado, 3 de marzo de 2012

El pueblo pesquero de An Thòi. (3ª parte)


Al ratito de pasar el cruce donde nos ocurrió la anécdota con los jóvenes los alemanes, los que torcieron hacia el otro lado, según ellos, porque nosotros estábamos esquivocados, dejó de llover y asomó de nuevo el sol, cuando nos encontramos con un pequeñísimo pueblo de playa, donde algunos niños jugaban en la playa, y las tres o cuatro personas adultas que vimos, se acercaron a nosotros. Fueron super amables.
Intentamos preguntarles, mostrándoles nuestro mojado mapa, dónde estábamos, y casi por medio de la mímica, pues no había manera de entendernos, averiguamos en el lugar en el que nos encontrábamos, en buena dirección y cerca de An Thòi.
Una de las señoras, a las que Mari se bajó de la moto y asaltó para comunicarse con ella e intentar averiguar el camino correcto, llevaba una gran cesta de vegetales sobre una bicicleta, intentando vendérselos a otra, con la que se encontraba en pleno regateo. Fue tan amable al dejar lo que estaba haciendo para atendernos, que a la pobre, en un despiste, se le cayó la bici, desparramándose toda su mercancía.
Rápidamente, Mari corrió a ayudarlas a recoger todas las cosas caídas, con lo que se ganó la simpatía y las sonrisas de ambas señoras.


Después de otro paseito en moto, pasamos por delante de lo que ahora sabemos que debería ser la prisión de Coconut Tree, ya que cuando lo hicimos, no sabíamos de que se trataba esa puerta con unas torres con militares, metralleta en mano custodiándola.
En es punto, la carretera dejó de ser de tierra roja, pasando a un tímido asfalto gris, con muchas piedrecitas sueltas, hasta que de repente, apareció ante nuestros ojos un pueblito de una sola calle principal, con tienditas y pequeños restaurantes de pescado, y con bastante movimiento de ciclistas y motoristas.
El camino se bifurcaba en dos direcciones, a derecha un faro, y a la izquierda el pueblo con su muelle. Hacia allí tomamos el rumbo.


Cuando entramos al muelle, nadie se percató de nuestra presencia. Los pescadores y marineros hacían sus trabajos, tanto en tierra como en los destartalados barcos.
El olor a pescado podrido, típico, como en nuestros muelles y dársenas pesqueras, es algo que no se aprecia ni en las fotografías ni en los vídeos, pero os podemos asegurar, que era realmente repugnante.


En un breve paseo por el muelle, desde donde pudimos contemplar el cercano arquipiélago An Thoi, compuesto por 15 pequeños islotes, algunos habitados, pero muy poco urbanizados, y que son muy famosos entre los buceadores, y rápidamente llamamos la atención de la gente, que después de señalarnos y correrse la voz entre ellos de que habían "guiris" allí, mientras nosotros los observábamos sonrientes, empezaron a llamarnos a gritos desde los pantalanes de maderos, "invitándonos" a hacer alguna excursión en barco.

Descurbrimos a una niña pequeña, de unos tres añitos, mirándonos desde detrás de una esquina, con unos ojazos de asombro tremendos. Nos acercamos a ella para bromear un poco, pero le causábamos tanta impresión, que nos huía ycorría gritando a su madre, que con cara de risa, le indicaba que viniése a hablar con nosotros.
No se atrevió, por mucho que la llamamos.


Permanecimos un ratito allí, lo suficiente para descansar, y volvimos a la moto para ir volviendo a Long Bech, pero por la otra costa, para intentar encontrar una playa famosa.

jueves, 1 de marzo de 2012

Exploración del sur de Phu Quoc (2ª parte)

A pesar de que el dueño del resort insistió en que lo normal allí según él, son esos chaparrones matutinos y que después salga el sol, cosa que no nos "tragamos" del todo, pero como teníamos tantas ganas de salir a explorar la isla, nos lo quisimos creer, el clima, a pesar del eterno calor húmedo, parecía darnos una tregua y mejorar un poco, nos envalentonamos, y salimos con la moto sin un rumbo fijo.

El tanque de combustible de la moto estaba seco, por lo que preguntamos donde repostar al recepcionista, y nos explicó que girando a la izquierda, veríamos alguna tienda donde nos vendieran gasolina...¿una tienda?... bueno, vale...


Salimos incrédulos, con la sensación de que nos quedaríamos "tirados" sin gasolina en cualquier sitio, pero de repente, vimos por fuera de una tienda, un cacharro azul de metal, con un vaso de cristal graduado en la parte superior, lleno de gasolina... vamos, ¡un surtidor casero portátil! ¡Qué risas!
Lo que no era tan gracioso, era el precio de la gasolina. Nos gastamos en repostar dos veces, lo mismo que el alquiler de la moto.

Decidimos allí mismo, seguir por esa carretera, que pronto se transformó en una pista de tierra rojiza, y que nos conduciría a la zona sur de la isla, bordeando la costa de playa.

En un ratito, nos vimos cruzando un "cochambroso" puente de hierros y maderos en muy mal estado, que ya habíamos visto en las fotos de otro blogero, y que no por ello dejaba de ser sorprendente el mal estado en el que se encontraba.

Reconocimos una de las famosas "granjas de perlas" de la isla, pero decidimos no parar a visitarla por el mareante y desagradable "tufo" que desprendía.

Cuando decidimos parar para descansar un poquito la espalda de la moto, al fotografiar a unos pescadores que navegaban en sus barquitas, me percaté de que venía lluvia a nuestro encuentro, así que rápidamente escondimos las cámaras y salimos "zumbando".


Pero fue en vano. Nos cayó encima una tromba de agua, como un diluvio.
No teníamos donde refugiarnos, o sea, que en un plis plas, nos vimos conduciendo como en el París-Dakar pero en mini-moto, esquivando las trampas de barro rojo, sin visibilidad alguna por la cantidad de agua, mientras los lugareños refugiados en sus cabañas, se mofaban de nosotros, riéndose a carcajada limpia, sin rubor alguno, vitoreándonos y dedicándonos cánticos y palmas... - ¡CABRITOS! - les gritaba yo, mientras nos desternillamos de risa, ¿qué más podíamos hacer?

Nos pusimos de barro, hasta las orejas...hasta que llegamos a un cruce y paramos, pues no sabíamos hacia donde girar. 
Al poner los pies en el suelo para no caernos, se me enterraron de barro, hasta los tobillos.
Una chica, nos observaba con una sonrisa desde una pequeña choza, y hacia ella nos dirigimos. Nos señaló hacia un lado, An Thòi, y hacia el otro Duong Dong.

En ese mismo momento, llegaron cinco o seis turistas alemanes también en moto. Mojados y embarrados igual que nosotros, y nos preguntaron por las direcciones, y les explicamos lo que nos había dicho la chica.
Pero uno de ellos, me dijo que no, que no era por donde le indicábamos, que estábamos equivocados, y sin más, arrancó su moto y salió "disparado" en la dirección contraria a la que nos había indicado la chica a nosotros y nosotros a ellos. Sus compañeros le siguieron.

Nos quedamos "flipados", nos miramos perplejos y nos volvimos a dirigir a la chica, que nos volvió a señalar hacia un lado y hacia el otro: - An Thòi!, Duong Dong! -.

Pues le hicimos caso a la chica, y proseguimos en la dirección que la chica nos había indicado hacia An Thói, la contraria que tomaron los jóvenes alemanes, a los que no volveríamos a ver más...y mira por dónde, después de unos minutos, en los que desapareció la lluvia y reapareció tímidamente el sol, llegamos a la punta de la isla, en donde se haya el pueblo pesquero de An Thòi

Muelle del pueblo pesquero de An Thòi.

martes, 28 de febrero de 2012

Phuc Quoc. (1ª parte) Nuestra llegada a la isla.

Cuando un isleño canario ve la isla de Phuc Quoc dibujada en un mapa, se queda un poco perplejo, pues ésta tiene prácticamente la misma forma de la isla de La Palma.
Tiene casi la misma superficie, unos 48 km cuadrados por los 50 de la canaria, y hasta casi la misma densidad de población local.

Phu Quoc island.

Hasta aquí, las similitudes. Primero, por los diferentes materiales que las originaron y de los que están formadas, mientras una esta constituida por el material sedimentario del río Mekong, la nuestra es, como ya sabemos todos, de origen volcánico.
Segundo, y mucho, por sus respectivas "alturas", mientras la isla de La Palma es la isla más alta del archipiélago canario, pasando de largo los dos kilómetros de altura, más alta que Tenerife si ésta no tuviera el pico del Teide, mientras que Phu Quoc, es una isla prácticamente llana, con su punto más alto, entorno a los 685 metros.
Pero la gran diferencia, sobre todas las demás cosas, es el estado de urbanización y modernidad de cada una de ellas.

Phuc Quoc, quedó anclada en el tiempo, y sus gentes, en su mayoría, viven tranquilamente, casi ajenas al turismo, dedicadas a cosas mucho más sencillas que aquí, donde esas costumbres se han perdido hace décadas.

Long Beach, con vistas de Camboya al fondo.

Afortunadamente, a pesar de que el calificativo de "isla virgen" le quede demasiado grande, en Phuc Quoc, aún se puede vivir en ella un importante regreso a los "orígenes", que dificilmente podremos sentir ya en otros sitios del mundo.

Al descender del avión, y salir por nuestro propio pie hasta las instalaciones del aeropuerto, igual que en nuestros pequeños aeropuertos isleños, vimos un paisaje montañoso, con nubes bajas "rodando" y descendiendo entre su vegetación, lo que nos hizo sentir una vez más, como si estuviésemos llegando a casa, nos encontramos con un "tenderete" de taxistas ofreciéndose.

Teníamos pensado salir caminado o buscar transporte público, pero después de hablar con uno de ellos y explicarle la zona a donde queríamos ir, la cercana Long Beach, en Duong Dong, donde se aglutinan los "resorts" para todos los bolsillos, nos dijo que con taxímetro serían no más de 75.000 VND  (unos 2,5€) y al ver que comenzaba a llover, aceptamos.

Así son las carreteras en Phu Quoc.

El taxista nos llevó al resort que le indicamos, el Moon, y preguntamos al recepcionista, (se ve que era el dueño), por las habitaciones y el precio, este, ataviado con bermudas y camisa hawaiana, se mostró sonriente y encantado de acogernos, además como no teníamos cambio para el taxi, nos lo pagó y quedamos en que ya arreglaríamos.

El tío, era un auténtico hippie, y descubriríamos en esos días, que solucionar, no solucionaba nada, pero a todo te ponía una sonrisa encantadora, con lo que era imposible enfadarte o llevarte mal con él.

Las cabañas del resort, están literalmente en la arena de la playa, se conoce que las leyes que regulen el urbanismo, aún no han llegado a la zona. Están construidas con cemento, pero las han recubierto con cañizos y maderas para darles un toque exótico y tropical, pero la realidad es que están muy sucias, descuidadas y no del todo bien mantenidas.


Un resort escondido entre las playas de Phu Quoc.
Después nos daríamos cuenta de que no había casi ningún turista en ninguno de los resorts de la zona y durante nuestra exploración por la isla y por nuestras conversaciones con la gente, descubriríamos que solo los fines de semana, es realmente cuando hay más movimiento de turistas, y que entre semana como estábamos, éramos muy pocos, los más raritos, los que deambulábamos por allí.

Nada más soltar las mochilas, comenzó a llover fuertemente, lo que nos dejó un poco descolocados, ya que el plan era salir rápidamente a investigar, o sea que nos tuvimos que conformar con sentarnos en el porche de la cabaña a ver llover y a esperar.

Cansados de esperar a que dejara de llover, como hacía mucho calor, nos pusimos cómodos y salimos bajo la fina lluvia a caminar por la arena de la playa. Descubrimos que todos los resorts de los alrededores, estaban en el mismo lamentable estado y de que teníamos toda la playa para nosotros solos.

Desde que dejó de llover, retornamos a toda velocidad, en busca de nuestro amable recepcionista, para ver como podríamos alquilar una moto para recorrer la isla.


No había nada que investigar, él mismo nos alquiló una de las suyas por 150.000 VND
( ¡no llegó ni a 6€! ), nos prestó un par de cascos, según él, obligatorios y sin más dilación salimos a investigar la isla.

lunes, 27 de febrero de 2012

Un nuevo objetivo: la isla de Phu Quoc.

Tortuosas horas de bus de regreso a Ho Chi Min, donde nos despedimos de la pareja anglo-australiana, que después de todo, hicieron buenas "migas" con nosotros, aunque todavía no se si les gustó mucho la broma que les hice, al darles a probar unos frutos secos que compré en el mercadillo de Can Tho, y no me fijé en que eran especialmente para paladares orientales, sabor Wuasabi.

¡Dios, cómo picaban!

Llegamos a buena hora a Ho Chi Min, así que por fin sin lluvia, desde que bajamos del bus, rápidamente volvimos a alojarnos en el hotel de las primeras noches aquí, y salimos "zumbando" a recorrer nuevamente las calles de la ciudad.


Volvimos nuevamente a visitar a la falsa Notre Dam y nos recorrimos unos cuantos centros comerciales, para comprar algunas cositas de primera necesidad, y donde al anochecer, tomamos una cena, con aspecto occidental (espaguettis y carne), pero con el inconfundible sabor del de ellos. Estaba muy buena, hay que reconocerlo.

Desde el hotel de Can Tho, ya habíamos decidido nuestro siguiente destino por nuestra ruta en Vietnam, y desde el ordenador de su hall, ya habíamos oteado información y precios de los billetes de avión para trasladarnos hasta allí. La isla de Phuc Quoc.


Vendida como uno de los últimos sitios "vírgenes" del planeta, pero por poco tiempo, pues se esta pensando en prepararla para fines turísticos, así como las islas del sur de Tailandia, teníamos que pasar a verla antes de que se la "carguen", como ya ha pasado en tantos sitios del mundo, sin irnos muy lejos, por ejemplo, el islote de la Graciosa, aquí mismo en Canarias, que para quien tuvo la suerte de haberla visto, como un humilde servidor,  hace un poco más de diez años, y haya vuelto últimamente, le darán ganas de enfadarse con el mundo a pesar de que aún conserve sus paisajes.

Al volver al hotel en la noche, chequeamos la posibilidad de comprar unos billetes de avión por Internet, y realmente los conseguimos bien de precio, o sea que sin dudas, los compramos para salir en la mañana temprano.

Esa mañana, nos levantamos a las 5:30 am, para que nos diera tiempo de desayunar y conseguir un taxi que nos llevara a tiempo al aeropuerto de Ho Chi Min. El trayecto en taxi, fue todo un espectáculo, el meterse con un coche entre el "infierno" de motos de esa ciudad, es una experiencia que no tiene precio.

El avión, exactamente el mismo modelo que los de la compañía Binter de aquí. El servicio de Vietnam-Airlines, impecable, sin retrasos, ni problemas de ningún tipo, supereficientes.
Un viaje corto, de una horita de duración, y arribamos a la isla de Phuc Quoc, donde desde que pisamos tierra, comenzó a "chispear" unas gotas de agua, que presagiaban junto a negros nubarrones, mucha agua, a pesar del sofocante calor matutino.


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