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martes, 8 de mayo de 2012

Vídeo-Resumen de nuestro Trekking por las montañas del noroeste de Vietnam.

Si el capítulo-8. Hanoi, fue el vídeo "más personal" de los que hemos puesto hasta ahora en nuestro blog, éste sin duda, ha sido para nosotros el más emotivo.
La "belleza-relativa" de las escenas rurales, la grandeza de la gente sencilla, la preciosa, pero dura a la vez, imagen de los niños...
Al margen de que nuestros cutre-vídeos sean siempre en "plan de broma", les recomendamos que éste, no se lo pierdan, seguro que al que tenga la ocasión, lo convencerá para que visite Sapa.
Nosotros, la llevaremos guardada siempre en un rinconcito especial de nuestros corazones.

domingo, 6 de mayo de 2012

La noche latina. Sapa - Lao Cai - Hanoi.

De la excursión a la villa de Cát Cát, llegaríamos a Sapa sobre las 16:00 de la tarde más o menos, y después de asegurar la hora a la que nos vendrían a buscar para trasladarnos hasta la estación de trenes en Lao Cai con los chicos del hotel, dedicamos esas horas a pasear relajadamente por última vez el pueblito.


A la hora convenida, ya oscurecido el día, apareció la guaguita que nos bajaría hasta Lao Cai.

Ésta, venía hasta la "bandera" de gente, tuvieron que sacar los asientos supletorios de los pasillos para que Mari y yo nos pudiésemos mal sentar entre tanta gente, cosa que hicimos burlándonos con ironía de la situación: - ¡Cuanta comodidad...si fuésemos pequeñitos como vietnamitas, claro! - y bromas de ese estilo.

Cuando el minibús emprende la marcha, un joven sentado a mi lado, me pregunta en perfecto castellano:
- ¿Oye, esas mochilas abandonadas en la calle no serán las vuestras? -
- ¡Anda pues sí! ¡Chofer, chofer, detenga la guagua, nuestras mochilas! -

Todos los extranjeros allí hacinados, gritábamos al conductor para que detuviese la marcha, cosa que hizo más bien porque no entendía que todos les gritásemos. Desde que lo hizo, abrí la puerta, me bajé y corrí a toda prisa hasta nuestras mochilas, allí olvidadas por esos "cabritos" .


Estaba tan lleno el minibús, que no había espacio para las mochilas, y encima, por bromistas, tuvimos que cargarlas sobre nuestras piernas la hora y pico que duró el trayecto hasta Lao Cai.

Por el camino, entablamos, ¡por fin! una conversación en castellano, con ese chico que nos había avisado de que se dejaban nuestras mochilas abandonadas, se llamaba Fabio.


Lo más parecido a una conversación en castellano que habíamos tenido con alguien en esos días fue con Emily, que a última hora, se había destapado con algunos conocimientos de italiano, idioma en el que nos defendemos minimamente, además de la similitud con el nuestro (que al final no es tanta, pero que ayuda).


El joven Fabio, hijo de padre español y madre alemana, resultó ser un crack.
Sin todavía alcanzar la treintena de edad, llevaba trabajando por toda Asia desde los veinte. Nos contó, entre muchas otras cosas, que comenzó trabajando en Shanghai para la Mercedes y que actualmente lo hacía viajando por toda Asia, controlando las plantaciones de cacao para la Nestlé.


Al desgranarle nuestro plan de viaje, las cosas que ya habíamos conseguido ver y las que aún nos quedaban pendientes, nos pasó la información meteorológica que le da a él su empresa a través de su móvil.

Gracias a él, nos enteramos de primera mano como estaba la situación en Tailandia, que habiendo cambiado el sentido a nuestra ruta al principio del viaje, quedaba ahora para el final, y sin él saberlo, nos ayudó a tomar una decisión en los próximos días que cambiaría del todo nuestro viaje.


Nos despedimos de él, en una cafetería justo enfrente de la estación de trenes, donde tomamos unos ice-coffes.
A pesar de que intercambiamos e-mails, nunca más supimos de él.
Quedó como una de esas anécdotas agradables de los viajes, como las conversaciones que quedan con gente desconocida o las amistades que surgen por el camino con gente que no sabes si algún día volverás a encontrarte. Así que le deseamos sinceramente, lo mejor para su vida desde aquí.

Ya en el tren, al llegar a nuestro camarote de cuatro literas, nos encontramos con que no nos habían dado las literas una encima de la otra, como es lo normal. Decidimos esperar a ver quién nos tocaba de compañeros para arreglarlo, o quizás con suerte fuésemos solos...
No fue así. Dos guapas chicas se acercaron a nosotros, nos saludaron en inglés y nos dijeron que serían nuestras vecinas de camarote.
Yo les explicaba que teníamos un problema con el asunto de las literas y ellas nos respondieron que no había problema alguno. Me vuelvo hacia Mari, y le digo que todo esta bien, que no hay problema.
Entonces, una de ellas me mira con la boca abierta y me habla en español:

- ¿ De dónde sois ? -  - eh, canarios...-  - Ya ¿Y porqué estamos hablando en inglés? -

¡Menudo cachondeo! las risas se tuvieron que haber oído en todo el vagón.

Claro, una de ellas, rubia, delgada y tan alta como yo, con ojos azules, tenía pinta de ser americana o centro europea, la otra, con un dominio del inglés impecable, que nos íbamos a imaginar. a Mari, que la confunden con "gringa" en todos lados del mundo...al final, fui yo con mis hechuras de "paleto español" total el que nos delató...

Eran Wada y Laura, y con ella compartimos una noche de "palique" total.

Resulta que Wada, deducimos que por su alta estatura para ser chica, está relacionada con el mundillo del baloncesto, conociendo gente de nuestra isla que se dedica a él, y tenemos algún amigo en común, de cuando yo era un poco más joven y jugaba, a los que me mandó darles recuerdos. Aunque aún no he podido cumplir su deseo, está guardado en mi agenda, así que, que no se preocupe que somos de palabra.
Laura, una chica tan encantadora como guapa, en parte por su trabajo, era una auténtica trotamundos y nos estuvo contestando a las preguntas que le hacíamos de los sitios que nos gustaría conocer y que ella había ya visitado.

Gracias a las dos por la noche tan amena que nos hicieron pasar. ¡Un gran abrazo!


Por la mañana tempranísimo llegamos a Hanoi, nos despedimos de las chicas (que nos las volveríamos a tropezar) y nos encaminamos a nuestro conocido hotel del Barrio Antiguo.
Pensábamos que tendríamos discusión con el asunto de la habitación que nos había ofrecido el de la agencia, pero cuando llegamos, el recepcionista, era el mismo al que le "había tirado la broca" antes de partir a Sapa.
Desde que nos vio aparecer, él mismo se interesó por cómo lo habíamos pasado, nos ayudó con nuestras mochilas y nos alojó en nuestra habitación. Tendríamos unas dos horas para ducharnos, mirar en Internet la información meteorológica y la situación en Tailandia, mandar correitos a nuestros amigos, y luego bajar a desayunar, (que nos invitaría la señora del hotel) antes de que nos viniesen a recoger para la excursión que habíamos apalabrado junto con la excursión de Sapa, la visita a Tam Coc.

En ese tiempo, además, me dio tiempo de bajar a recepción, comprobar que todo el personal dormía en el suelo, por los rincones del hotel, tomar prestado el libro de excursiones de la agencia, y buscar información en Internet acerca de los barcos que hacen las excursiones por la Bahía de Halong, para encontrar algo que nos convenciera y dejarlo resuelto para mañana mismo antes de salir hoy, pues viendo el estado de Tailandia, y de prácticamente toda Asia, asolada por un gran tifón, ya habíamos decidido un cambio de planes para los próximos días.

jueves, 3 de mayo de 2012

La villa de Cát Cát (5ª parte)

Vistas del valle caminando por la carretera hacia Cát Cát.

Desde el lugar donde almorzamos, continuaríamos la ruta a pié por la carretera principal hasta regresar al centro de Sapa, donde hicimos noche esta vez en un hotelito.

Entrada a la villa de Cát Cát.

Por suerte para nosotros, no sería en el hotel donde habíamos dejado las mochilas el día anterior, sino en uno más nuevo y bonito, con unos empleados jóvenes y muy serviciales. Ya nos habíamos encargado en Hanoi de darle la lata al tío de la agencia del Sunshine3 para que nos buscase uno con las tres B.

Tiendas al comienzo del sendero.

Por si sirve de referencia, el hotel, de 2 estrellas, se llama Fansipan View, y está situado en un callejón justo por encima de la plaza central y de la iglesia del pueblo.


Lo que nos quedó de tarde, lo dedicamos a pasear por el centro de la acogedora ciudad, con alguna anécdota en forma de discusiones con las vendedoras de los puestitos de ropa y de baratijas, para a última hora regresar al hotel, donde compartimos una agradable cena y buena charla en compañía de Michael y Emily.


Dormimos como leones en una cómoda cama, y por la mañana temprano, totalmente reparados por el descanso, dejamos nuestras mochilas grandes preparadas en el hall del hotel, y esperamos a que un nuevo guía viniera a por nosotros para el otro trekking apalabrado para el día de hoy, la visita a la Villa de Cát Cát.


Del grupo de ayer, hoy solamente quedaban junto a nosotros nuestros ya amigos, la pareja australiana Michael y Emily. Los demás participantes que se sumarían hoy, serían unos "puretillas" de varias nacionalidades, como franceses, americanos e ingleses, con un estado de forma no muy bueno, y es que el camino de hoy sería bastante más suave que el de los dos días anteriores.


Esta vez, nos tocaría de guía a una joven muchacha local, perteneciente a la etnia de las Homong negras, afincadas en la propia villa de Cát Cát.


El "pateo" de hoy, consistía en llegar a pié por la carretera hasta la cercana aldea de Cát Cát. Allí, hay acondicionado un camino de piedra, que desciende el valle varios kilómetros, hasta el fondo,donde hay una cascada de agua muy bonita. Una vez abajo, y cruzado el río por un puentito colgante, el camino comienza a ascender lenta y pesadamente hasta volver a la carretera, en un punto cercano al que se comenzó.


Es el recorrido más "turisteado" de todos aquí en las montañas del noroeste, precisamente por ser el más sencillo y cercano, pero no por eso deja de ser interesantísimo, y las espectaculares vistas, siguen estando ahí.


Mientras se va bajando lentamente el sendero de piedra, nos vamos tropezando, sobre todo al principio, con numerosos aldeanos que han cambiado su manera de vida enfocándola al turista, trabajando a ambos lados del camino, en las casas de madera, acondicionadas como tienditas de souvenirs.


Al poco de dejar atrás estos ventorrillos, se despeja la vista al valle, y nuevamente, como en los días pasados, nos encontramos con las "relativamente bellas" imágenes de los arrozales, con multitud de personas y animales dedicados al cultivo del arroz.


También, a lo largo de la bajada, vimos un gran número de niños pequeñitos, algunos de hasta menos de dos añitos, que forman grupitos  para protegerse y cuidarse los unos a los otros y no quedarse solos, exactamente igual a lo que vimos en el sur de China, mientras sus padres han salido a ganarse la vida, sea trabajando el campo o persiguiendo turistas.


Es como siempre aquí, la imagen más dura de soportar, aunque la verdad es que muchas veces no puedes evitar contener la sonrisa al observar como tan pequeñitos, se las apañan con sus gracietas y cosas de niños chicos, para sobrevivir.


En el fondo del valle, al llegar a la cascada de agua, la "parada estrella" de esta caminata, donde descansamos un rato antes de emprender la parte más dura que, claro, sería la subida, nos encontramos con nuestro joven guía de los días anteriores, que hoy ya estaba ejerciendo su profesión con otro grupo de turistas. Raudo, vino bromeando para  fotografiarse con nosotros. Repetimos, muy buena gente.


No mucho más hay que contar de esta caminata, salvo que el regreso es algo más durillo por ser en subida, pero que como todo el camino está muy bien acondicionado, si hay paciencia, se hace ameno y sin ningún problema.

Para finalizar los trekkings de esos días, subida "rompepiernas".




martes, 1 de mayo de 2012

Trekking, día 2 (4ª parte)


Después de estar jugando un ratito con las niñas a lanzarnos la pelota, cuando el resto del grupo estuvo listo, nos despedimos del simpático señor de la casa, pagándole las bebidas consumidas con algo de propina, (para que cundiese el ejemplo), y dándole nuestras sinceras gracias por el trato dispensado y por la enriquecedora vivencia que nos habían aportado tanto él como sus familiares y amigos.


El, con una reverencia y un sencillo "tam biét" (adiós, en vietnamita) nos despidió.

El señor australiano, se acercó a mi junto a su compatriota, Michael, y me comentó que había notado que nos habíamos ido muy temprano esta la mañana. Se interesó por cómo habíamos dormido anoche. Yo le respondí que bien, pero que al principio estaba preocupado por los rugidos de un "tigre australiano" que teníamos a nuestro lado...
Las carcajadas y el cachondeo que se pilló con mi irónico comentario, me reafirmaron en esa impresión inicial que tenía de que era un muy buen tío.


Hoy la dureza del camino subiría un poco el nivel, pues ascenderíamos y descenderíamos varias veces por los senderos que cruzan las montañas.


A pesar de que seguíamos viendo paisajes llenos de arrozales que se perdían de vista entre las brumas matutinas, a lo largo de todo el camino, la belleza del lugar aumentaba con cada kilómetro que nos alejábamos de la civilización.


 Las niñas de las montañas, nos acompañaron toda la mañana, cargando sus bolsitas, sin pedir nada a cambio, solo sonreían con cada gracieta que les hacíamos, ya imaginábamos, que sería en el lugar donde pararíamos a almorzar donde intentarían vendernos sus cositas.

Verlas sonreír, cogiendo de la mano a algunos miembros de nuestro grupo, era una imagen repleta de sentimientos contradictorios, pues aún les veías la nobleza de su niñez, aunque totalmente manipulada por sus mayores, para ablandarnos el corazón a turistas y conseguir dinero algo de dinero con sus baratijas. Es duro decirlo, pero es así.


Mientras caminábamos, hablando con Michael y con el ya apodado Australian-Tiger, les solté un sermón acerca del tema de nuestras niñas acompañantes :

- ¡Tal vez algún día los turistas no compren nada a estos niños explotados por sus padres! ¡Entonces, tal vez, los manden al colegio en lugar de a perseguir turistas! -

- ¡Absolutamente de acuerdo con lo que dices! - Me respondieron ambos.











Claro, a veces me olvido del poder de convicción que tengo, y después me sentiría fatal. Marijose me lo advirtió: - Ahora, nadie les va a comprar nada, y tú no podrás hacerlo porque serás presa de tus propias palabras - ¡Habérmelo dicho antes!

Cuando llegamos al pueblo donde comimos, las niñas nos rodearon en la mesa y sacaron su arsenal de baratijas. Nadie les compró nada ( por mi culpa ), y efectivamente me sentí fatal por ello.

Me levanté de la mesa todo lo discretamente que pude de la mesa, y compré unos refrescos para las niñas, con ánimo de limpiar mi conciencia, pero cuando salí con ellos en las manos, éstas, ya se habían marchado.

Cada vez que recuerdo esa situación, no puedo evitar sentirme mal, pues por más que se que en un mundo ideal, lo correcto sería no comprar nada a los niños para que sus padres no lo exploten, también se que eso tendría que hacerlo todo el mundo, y la realidad es que no es así, y una sola persona no cambia el mundo.


En una de las paradas para descansar en el camino, nos quedó grabada una de las imágenes más simpáticas que recordamos de las niñas.

Una de las personas del grupo, creo que Emily, sacó de su mochila una bolsita de gominolas y las repartió entre ellas. Acostumbradas como están a su comida, no nos dejó de sorprender que una de las chiquillas pusiese carita de asco y se negase a comer nuestras golosinas.

Mientras caminábamos por las montañas, quedamos boquiabiertos con la manera tan singular de trabajar de las gentes del lugar. La mayoría son personas jóvenes, que no dejan de portar a sus espaldas a sus bebes, ni para la realización de los trabajos más duros.



Antes de llegar a la "parada estrella" del día, ocurrió otra anécdota graciosa:

Yo, "guiri total", lo reconozco, me había retrasado un poco y caminaba el último del pelotón, entretenido en fotografiarlo y filmarlo todo.

Un trecho del camino, se volvió bastante dificultoso, al encontrarse entre unos cañizos que retenían el agua y mantenían el terreno fangoso.

Delante de mi, caminaba una de las danesas, que después de anoche, ya no hablaban nada con nosotros. Yo caminaba con la cámara de vídeo en la mano y justo cuando paré de filmar, la chica resbaló y ¡CHOFF! cayó de rodillas al fango.

Las niñas se apresuraron a ayudarla, y yo que caminaba detrás, le grité para saber si estaba bien y necesitaba ayuda. Ella se levantó rauda, limpiándose el barro de las manos y de los pantalones y lo único que atinó a preguntarme con cara de mosqueo, era que si la había filmado cayéndose...


- ¡Me pienso hacer rico con tu vídeo mandándolo a Tv! - Le contesté bromeando.

Ella puso carita de ganas de llorar, así que enseguida le dije que no, que era broma, y le mostré la cámara para que viera que era verdad que no la había pillado "infraganti".
Me mostré amable y solícito para ayudarla por si no se encontraba bien, cosa que pareció aliviarla, y esbozó una pequeña sonrisa por su torpeza, antes de decirme que se encontraba bien. Reiniciamos la marcha escuchando, las risitas burlonas de las niñas, en busca del resto del grupo.


Llegamos a una cascada de agua impresionante.


Esa fue la "parada estrella" de la caminata.


Las vistas al valle desde aquí, con el río al fondo, muy abajo, eran como de película.


Aquí descansamos un ratito e hinchamos nuestras almas de paz y tranquilidad, ajenos a todo lo que tenía que ver con nuestro mundo.


A partir de aquí, la caminata se hizo un poco de las llamadas rompepiernas.




Primero, descendimos la empinada ladera, por un sendero de arena suelta, nada recomendable para el descenso, hasta que llegamos al río y lo cruzamos sobre los típicos puentes colgantes.


















En la bajada, me puse las pilas para llegar antes y tener un poco de tiempo para fotografiarlo todo antes de que el resto del grupo me alcanzase.


Las niñas, se "picaban" jugetonamente conmigo, intentando alcanzarme entre risas, y se quedaban asombradas de no ser rivales para mi largas piernas equipadas con zapatos de trekking.


Y después, ya con las piernas "tocadas" por la bajada, una dura subida por la otra ladera, donde llegaríamos a la carretera principal que nos conduciría de nuevo a Sapa.


Justo al llegar al cruce del sendero con la carretera, arribamos un restaurante para turistas, donde nos sirvieron una comida que nos ayudaría a recuperarnos del duro esfuerzo de esa última parte del camino.


Fue el lugar, donde nadie compró nada a las niñas, el episodio antes, y aquí también, nos encontramos con algunos de los chicos que estuvieron con nosotros anoche en la cena del homestay, que nos recibieron con vítores y aplausos. Una gente encantadora.






lunes, 30 de abril de 2012

Amanece en el valle (3ª parte)


Sobre las 5:00 am nos despertamos ya sin más sueno.


No habíamos tenido muy buena noche por la incomodidad de nuestros lechos, cosa que no parecía importar a nuestros compañeros que aún dormían profundamente, y menos al señor australiano, que seguía roncando a todo volumen.


Nos bajamos, nos dimos una ducha en el baño que estaba situado fuera de la casa y nos preparamos para la caminata que nos aguardaba el día de hoy.

Todavía era muy temprano y todos en la casa dormían, incluido los dueños, así que como nos aburríamos, salimos a pasear por la aldea.


A esas horas, con la primera luz del día y con algo del fresquito matutino en el cuerpo, paseábamos como si estuviésemos en el paraíso.


No había movimientos de personas por la carretera, solo nosotros dos, con cara aún de somnolientos.
 Los animalitos de granja que se nos cruzaban correteando a sus anchas por ese paisaje sobrecogedor, en el fondo del valle, rodeados de arrozales que se perdían a lo lejos entre las brumas altas de las montañas.

Al rato de estar paseando en silencio disfrutando de todo aquello, comenzamos a cruzarnos de cuando en cuando, con algún motociclista que al pasar nos ignoraba. El petardeo de la moto, nos hacía presagiar que aparecería detrás de alguna curva desde muchos minutos antes.


Las mujeres Hmong negras, salían cargadas con sus cestas a buscarse la vida desde temprano, y como de costumbre, nos saludaban con una amplia y simpática sonrisa antes de preguntarnos si les compraríamos algo.

 
















Nos cruzamos con muchos niños, unos parecían salir al colegio temprano, y las niñas, ataviadas con sus trajitos típicos Hmong, que en lugar de cestas en la espalda, cargaban a sus hermanitos pequeños, que parecían salir también temprano, pero en lugar del al colegio, parecían salir en busca de turistas.


Esas increíbles imágenes que vivimos esa mañana, que evocaban intensas sensaciones, las atesoramos como algo mágico, de lo mejorcito que vivimos a lo largo de todo este viaje.



Al volver a la casa, nuestros compañeros aún comenzaban a levantarse, y nos encontramos que a la puerta de la vivienda, teníamos a una comitiva de niñas, que hoy sustituirían a las mujeres Hmong negras como nuestras acompañantes en la caminata.





Uno de nuestros compañeros de caminata, el joven  americano, ejerció de auténtico "yanqui total", al sacarse de nadie sabe donde una pelota de fútbol americano, y mientras los demás terminaban de prepararse, empezó a jugar con las niñas a pasársela.
Fue una imagen bonita y divertida al oír las risotadas de las niñas, pero el tema de la pelota americana, fue totalmente subrealista.

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